Migrar a la raíz


Publicado originalmente en: https://www.enfoquedeoriente.com/movilidad-humana/2020-04-27/migrar-a-la-raiz/

Autoría: Mariana Álvarez López

La familia González Arregui es oriunda de Maracaibo, la capital del estado de Zulia, en Venezuela.

Vivían en una casa cómoda que abría sus puertas diariamente para recibir a los clientes del cyber-café Fabrini, el negocio familiar de múltiples ofertas.

En 2018 Ninoska, la esposa y madre de la familia emprende el tramo migratorio a Colombia, pensando, sobre todo, en la educación de Fabiana y Ricardo, sus hijos.

Desde el 14 de octubre de 2019, cuando Ninoska se reunió de nuevo con su esposo Ricardo y sus dos hijos, en Rionegro, era claro que muchas cosas cambiaban. Empezando por el clima.

Ahora viven en una casa por el callejón de Los López, en San Antonio de Pereira. Es una casa cómoda, aunque no mejor que la que dejaron en Venezuela.

Entre Colombia y Venezuela las similitudes son amplias, desde la bandera hasta los cantos vallenatos interpretados por los ídolos de este género musical. Sin embargo, entre Rionegro y Maracaibo, la familia encuentra algunas diferencias…

El polifacetismo como dice Ninoska es lo que la caracteriza, y eso se ha visto a lo largo de su vida como mujer emprendedora, en Fabrinis, en el cyber-café – que tiene el nombre de las primeras sílabas de los nombres de Fabiana, Ricardo y Ninoska – se dejaba ver la oferta diversa que proveía el sustento diario de la familia.

Inversiones Fabrini es el nombre del registro mercantil. Diariamente, la familia que trabajaba desde casa, llegaba a hacer hasta un millón de bolívares diarios, lo que en tiempos prósperos y no dolarizados en el país, permitía vivir tranquilamente; sin pagar arriendo porque la casa es propia, agotando los gastos de impuestos y servicios (que los pagaban anual, aún sin saber el consumo total de los meses); pagaban educación privada a sus hijos, apoyaban el sustento de los padres de Ninoska y les alcanzaba incluso para ir de vacaciones en el mes de julio.

Uno de los planes de Ninoska era montar de nuevo un cyber-café en Colombia. En algún momento contó con el apoyo de amigas y allegados, con quienes de manera desinteresada cambiaron hospedaje o la alimentación por pantallas de computador, maquillaje, o keratina, insumos que Ninoska transportó en varios viajes, de Maicao a Maracaibo, proyectando una estabilidad económica en este país.

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A unos pasos de su casa, en el callejón de Los López, Ninoska tiene su propio punto de ventas. Por 300 mil pesos, se lo compró a la mujer que antes vendía jugos en el mismo lugar.

El 2 de febrero de 2018, a las 3 de la mañana, Ninoska sale de Maracaibo. Desde entonces ha vivido muchas cosas. Transitó 9 horas arrumada en un volco con otras 49 personas, y caminó 20 minutos para llegar a la frontera; luego, se movilizó en una moto y transportó los tanques de gasolina que también llevaban de un lugar a otro. Vio como había gente que se caía de las motos y moría, también vio cómo en plena frontera revisaban de manera insistente las maletas de los venezolanos o colombianos retornados que cruzaban a Colombia con algunas pertenencias, o como ella, con insumos para vender y subsistir por unos días. Fue testigo de enfrentamientos entre guajiros y migrantes por no querer entregar lo que era de su propiedad; incluso hubo quien arrojó su comida o rompió sus pertenencias para evitar que se quedaran con ellas. Vio a hombres con armas grandes en el lugar en el que atravesaba unos cordones gruesos de yute para cruzar de un lugar a otro, pagando entre 10 y 20 bolívares en aquel entonces, una y otra vez, tantas veces hizo viajes entre Maicao y Maracaibo.

Llegando a Colombia fueron muchos los trabajos que emprendió…

Su más reciente trabajo, antes de la pandemia, era en un restaurante, en Llanogrande. Renunció para poder pasar más tiempo con sus hijos en casa, pues en estos tiempos el estudio es virtual y no quería que pasaran mucho tiempo solos. Ahí tomó la decisión de comprarle a la señora el punto de venta, el que ha potenciado con diferentes productos y el sabor venezolano que se siente en los panes y las empanadas.

Ricardo de 9 años y Fabiana de 14, son los hijos de Ninoska y Ricardo; actualmente estudian en la Institución educativa San Antonio de Pereira, cursan 4to y 8vo grado respectivamente, salieron de Venezuela cuando cursaban 3ro de primaria y 7mo de bachillerato. A Fabiana le gusta mucho el inglés y a Ricardo matemáticas y educación física.

En los tiempos libres Ricardo juega en su celular uno de esos juegos de lucha libre, en el que compites online con tus amigos. Él dice que el chico más calidoso del barrio es el que tiene una cresta corta y que él es el segundo que mejor sabe jugarlo.

Por su parte, a Fabiana le gusta pasar tiempo con sus amigas y disfruta mucho hacer tiktok bailando las canciones que le gustan, muchas de ellas del género pop y a veces en inglés. También le gusta maquillarse, para salir o también artísticos, para divertirse por ejemplo.

El 31 de octubre, a pesar de estar en casa, Fabiana se maquilló, también a su hermano…

Hace unos días Ninoska llegó a casa con un regalo para Ricardo, su hijo. Llevó unos zapatos blancos, producto final de su aprendizaje con (nombre del señor), un hombre rionegrero de tradición zapatera que vive a unas cuadras de la casa de Ninoska, más puntualmente a unas cuatro del parque de San Antonio. Ninoska le conoció porque vendía panes por el sector, y el señor le compraba muy seguido. Un día cualquier en una conversación él le planteó la idea de que fuera el taller para que viera y aprendiera, y como ya lo decíamos, Ninoska la mujer que disfruta de todo, se embarcó en la idea de hacer lo que muchos habitantes oriundos de Rionegro ni siquiera se atreven a hacer: enamorarse de la tradición zapatera.

Me contó que también va una mujer ecuatoriana que teje sus propias telas para hacer zapatos. Ninoska dice que son zapatos un poco extraños, que al parecer son de tradición ecuatoriana. A veces le ayuda a con el corte de los moldes y el tejido de las piezas; han llegado a pagarle 10 mil pesos por cada uno; y, hubo un día en que hizo el corte y tejido de hasta 12 pares de zapatos.

La memoria de la cocina es posible gracias a la existencia de la comida, de la herencia del sabor. Los alimentos, las preparaciones, los trucos y las recetas permiten el intercambio cultural, evidencia primera de la diversidad de los suelos, las geografías, así como de los conocimientos y las familias.

Para esta familia no es un hecho aislado su relación con la comida, es la forma primaria para sentirse como en casa, para no extrañar de manera visceral el acento, el clima, la gente, el barrio…

La diferencia entre la vida real y las películas es que las segundas siempre están inspiradas en las primeras, y no al revés. La incertidumbre de la vida es la que nos mantiene alertas, nos toma por sorpresa, nos propone tomar decisiones difíciles, complejas, como irse por ejemplo.

La decisión de salir de Venezuela fue de Ninoska, y ella lo sabe y dice: soy yo el pilar de mi familia. En los fenómenos migratorios por lo general sale quien se reconoce o realmente es el más fuerte, pues no es una travesía sencilla. Ninoska convocó a su familia para que arribara a Colombia, al país natal de sus padres, al que no venía hace 20 años aproximadamente.

Hay días en los que se arrepiente de haberse venido, y más aún de haber invitado a su familia para que también lo hiciera. Aunque con la familia que han construido por tantos años Ricardo y Ninoska, dudo que soportaran vivir alejados por mucho tiempo.

Aquí están. Quizás más despojados, más tranquilos, más en calma, más estables.

Ninoska es una mujer muy familiar, y lo demuestran sus actos: llegó a Colombia para mejorar la educación de sus hijos, renunció al trabajo anterior en el restaurante para pasar más tiempo con sus hijos y su esposo; y eso lo transmite a toda la familia.

Después de encontrarse en Barranquilla y vender sopas para pagar los pasajes hacia Rionegro, Ricardo emprende de nuevo el viaje con sus hijos. Ninoska los alcanzó unos 15 días después.

Por aquel entonces, en el municipio había circo, en lo que se conoce Playa Azul. Ricardo trabajó ahí por un tiempo, se ponía un disfraz de dinosaurio y diariamente hacía su acto. Le pagaban alrededor de 25mil pesos diarios.

Actualmente, Ricardo trabaja en una empresa de repostería cerca a Medellín. Para llegar allí todos los días, tarda dos horas desde su casa.

Sus turnos varían cada semana, a veces desde la madrugada, otras desde la tarde. El único día que descansa son los domingos y es esa la razón por la que es este un día sagrado para la familia, el momento especial para compartir los cuatro.

A veces entre chiste y chiste la familia cree volver a Venezuela siendo unos gochos, un regionalismo que hace referencia a los de zona fría, que escuchan otras músicas no tan alegres, como si lo hacen los maracuchos, (el regionalismo de Maracaibo).

La música insiste en ser otro elemento cultural importante para sentirnos como en casa, esa capacidad que tiene de transportarnos a un lugar, a un momento, con una persona, a una época, es un regalo que solo da ella y una máquina del tiempo, si existiera.

A la familia entera le gusta gaita…

Hace unos días se celebró en el estado de Zulia las fiestas patronales de la virgen de Chiquinquirá, o La Chinita, como le dicen en Maracaibo. Ninoska me contó con nostalgia su pena de no poder estar este año, y los anteriores, en esa celebración.

Estábamos en el puesto de venta, mientras ella me mostraba fotografías y videos con fuegos artificiales; complementando la información: “y mañana juega el equipo de Zulia, o sea que es tremendo parrandón”, me dijo. En esas arrimó un señor venezolano en bicicleta, también maracucho, y lo primero que le dijo fue: “¿viste los videos ayer? Me dio mucha nostalgia. Y, mejor ya me voy para que no vean llorar”. Y se fue.

Ninoska me miró y confirmó la sensibilidad del hombre, me dijo que lloraba mucho. Ahí fue cuando me compartió su idea de recopilar música de gaita para poner en el puesto de venta y entonces ofrecer un espacio más cercano para sus hermanos venezolanos, un lugar que se sienta como en casa, desde el sonido hasta el sabor.

Somos los recuerdos que volvemos a vivir, porque recordar es pasar dos veces por el corazón. A veces disponemos toda esa energía de la memoria a un objeto, a una canción, a un lugar, a una fotografía, a una persona. Otras veces, de manera inmaterial se fija una imagen intocable en la cabeza y entonces no la puedes tocar, pero la puedes sentir.

Estos son los elementos más preciados para la familia González Arregui a quienes siempre estaremos agradecidas por permitirnos entrar a su casa, a su vida, a su historia, en ese encuentro y comprensión de sus raíces.


Esta publicación se ha realizado en el marco del proyecto Puentes de Comunicación, impulsado por Efecto Cocuyo y DW Akademie, y cuenta con el apoyo financiero del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania.