La travesía de los sueños: la migración de menores de edad

Autoría: Karla Crespo Jiménez.

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La migración de niños, niñas y adolescentes venezolanos se ha multiplicado en los últimos años. Lejos de detenerse, los menores siguen cruzando fronteras junto a su familia o con extraños para reencontrarse con sus padres. Esta nueva generación crece con un gran deseo de encontrar oportunidades y ser felices en contextos adversos.


Samán le desea libertad a su compañera. La acaba de conocer, se han reunido junto a otras niñas y niños venezolanos para construir un diario colectivo y contar su viaje hasta Ecuador. Samán tiene ocho años, cabello ondulado, unos lentes de marcos celestes, habla siempre de manera elegante y con un tono de voz dulce le desea libertad a su compañera para soñar, amar, vivir. Libertad para ser feliz. 

A Samán la crisis de Venezuela le robó la libertad de crecer en su país junto a su familia y amigos, de disfrutar de su casa, su barrio, del carro azul que tenían sus padres y que parecía una tortuga. Migró de Venezuela cuando era muy pequeñito, no recuerda cuántos años tenía, tampoco recuerda mucho el país, solo su carro azul y sus amigos. 

“Perdí a todos mis amigos, pero puedo hacer más”, escribe en una cartulina amarilla y pega dibujos de niños jugando fútbol. 

En las historias de migración suelen olvidarse a las niñas, niños, adolescentes y a las mujeres. La migración casi siempre es contada desde la visión de hombres adultos, según el estudio Migraciones y género. La feminización de la migración transnacional. Pero, ¿qué pasa con los más pequeños que migran de su país a pesar de no haber sido su elección? ¿Quiénes los están oyendo y cuántos los entienden? ¿Qué están haciendo los Estados para protegerlos y garantizar sus derechos?

Estas preguntas que acompañan a los menores de edad migrantes suelen ser ignoradas durante su viaje y en los países de destino. Con el sueño de mejores días, los niños, niñas y adolescentes abandonan a su familia, su red de amigos, sus tradiciones y arman su identidad entre duelos migratorios, incertidumbre y el estigma social; pero también forman su personalidad entre el deseo, la alegría, el amor y la fortaleza de conseguir sus sueños.  

Un diario colectivo

Las dos niñas y tres niños de la sala no tienen más de 17 años, afuera esperan sus madres quienes autorizaron, después de una petición formal, que sus hijos participaran de la construcción colectiva de un diario al que llamamos Libres y en movimiento. 

Durante dos días Sarah, Samán, Samuel, Valery y Santiago compartieron a través de dibujos, pinturas, recortes y actividades lúdicas su proceso migratorio. El objetivo del diario es exponer y entender en conjunto la migración venezolana desde la experiencia de los menores de edad, el rostro menos visible del éxodo venezolano.

La construcción del diario contó con el apoyo de la Fundación Grace y su equipo profesional. En esta construcción colectiva los niños y niñas dirigieron el proceso y expresaron sus sentimientos con libertad. 

Vamos a dibujar 

Todos están sentados alrededor de dos mesas pequeñas, comienzan a interactuar y no tardan ni cinco minutos en aprenderse los nombres de todos: Sarah, Samán, Samuel, Valery y Santiago. 

Todos son migrantes venezolanos que echaron raíces junto a sus familias en Cuenca, su nueva ciudad de acogida y la tercera más grande del Ecuador. Ninguno decidió migrar, fueron traídos por sus padres que, a su vez, fueron expulsados de su país como otros cinco millones de venezolanos, según la Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela.

Su migración es forzada. Huyeron de un país que carece de servicios básicos, con una marcada escalada inflacionaria, un deterioro de las condiciones políticas y sociales. Huyeron del hambre y la violencia.

Sarah, Samán, Samuel, Valery y Santiago escogen algunas cartulinas, pinturas, revistas y lápices para contar su vida, su viaje, sus deseos a través de dibujos y colores. Comienzan por definir a Venezuela, pero antes de hacerlo arman una conversación alegre, hablan fuerte y sonríen al mismo tiempo. 

Hablar de Venezuela, para ellos, es saborear tequeños -un bocadillo típico elaborado con masa de harina de trigo frita y que generalmente tiene relleno de queso-, recorrer el Parque nacional El Ávila, pisar la arena caliente de la Isla Margarita, dormir en su cama de princesa, vivir en su propia casa. Para ellos Venezuela es eso: felicidad, familia, amigos, la casa de la abuela. 

En Ecuador hay 77.675 menores de edad: 37.427 son niñas y 40.248 son niños, según los últimos datos proporcionados por la Subsecretaría de Migración del país. Algunos de ellos migraron junto a sus padres, otros con sus tíos, primos o con extraños. Varios ingresaron por puntos oficiales y cientos cruzaron a otro país por trochas. 

Más de la mitad de migrantes venezolanos que no registraron su entrada al Ecuador no contaban con la cédula de identidad, pasaporte vigente o carta andina, según el Resumen Ejecutivo Retos y oportunidades de la migración venezolana en Ecuador realizado por el Banco Mundial. 

Abel Saraiba, psicólogo y coordinador adjunto del Servicio de Atención Psicológica de los Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap), explica que a partir de 2015 comenzó la migración forzada: una numerosa y menos planificada. 

En ese mismo año el gobierno venezolano restringe el acceso a pasaportes y trámites notariales para impedir la migración. A partir de ahí, las personas viajan de manera mucho más improvisada, no como acto espontáneo, sino como producto de estas condiciones. 

“Esto alcanza su pico más alto entre el 2017 y 2019, en donde ya encontramos a gente yéndose como podía. Empieza a ser visible el tema de los caminantes: gente que se va de Venezuela a pie e incluso con niños”, dice Saraiba. 

Una batalla por sus derechos

El color favorito de Sarah es el rosado. Es la más pequeña del grupo, tiene siete años y habla bajito. Escoge un pósit de su color preferido para escribir su propio significado de migración: 

“Yo migré porque mi país estaba lleno de basura”.

Samuel tiene 12 años de edad, es el mayor y más alto. Con letra manuscrita o, como lo dice él, corrida, también define la migración: 

“Es viajar a otro país por problemas económicos o políticos o por una bomba nuclear”.

Ningún niño de la sala se reconoce como migrante. Valery, de once años, tampoco lo hace. Dice que solo es una niña más que quiere aprender a tocar el piano y tener muchos gatos y perros. 

Para Saraiba es fundamental que los Estados que acogen migrantes desarrollen programas para el acoplamiento, desarrollo y la reinserción. Cuando no facilitan estos procesos de adaptación, están vulnerando uno de sus derechos: la protección social. 

Según el Resumen Ejecutivo del Banco Mundial, los usuarios venezolanos de los servicios de inclusión social representan menos del uno por ciento de los programas que ofrece el Estado ecuatoriano. 

La educación es otro de los derechos básicos que no se garantiza en su totalidad. Aunque los estatutos del país aseguran, bajo el principio de derechos humanos y protección, el acceso de niños, niñas y adolescentes a la educación sin importar que no cuenten con un documento de identidad, la falta de asesoría y conocimiento por parte de los funcionarios impide que todos accedan al sistema de educación pública.

En el país, 49.533 menores de edad venezolanos se encuentran inscritos en el sistema educativo, según datos proporcionados por el Ministerio de Educación. Sin embargo, la Subsecretaría de Migración registra 77.675 menores de edad, lo que evidencia que un gran número de venezolanos en edad escolar están fuera del sistema; además, no existen datos que demuestren que todos los estudiantes inscritos estén asistiendo a sus clases virtuales. 

El Ministerio de Educación no cuenta con un protocolo específico para atender las necesidades de niños migrantes ni antes, ni durante la pandemia. La manera de evitar la deserción académica –ya sea por problemas económicos, familiares, por la xenofobia o tecnológicos- es el acompañamiento a estudiantes que necesitan una atención diferente. Este acompañamiento está a cargo del Departamento de Consejería Estudiantil, que es el responsable de detectar las necesidades de los estudiantes y proceder a la adaptación de los cronogramas curriculares. 

Deyanira, la mamá de Samuel y Santiago, asegura que no han recibido ningún acompañamiento a pesar que ha insistido que sus hijos no cuentan con herramientas digitales ni conexión a internet permanente para asistir a todas sus clases. 

Un futuro académico borroso

Samuel quiere ser un gran constructor de edificios. Para conseguirlo debe estudiar Ingeniería Civil. Está en octavo de básica, en dos años más terminará la educación secundaria. 

Para acceder a una carrera universitaria necesita que todos sus documentos estén en regla, un estatus migratorio regular y rendir el Examen de Acceso a la Educación Superior (EAES), que está a cargo de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt). 

Haber obtenido el bachillerato ecuatoriano, no garantiza su participación en el proceso de obtención de un cupo a la universidad.

Diego Crespo, coordinador Zonal 6 de la Senescyt, reconoce que la educación es un derecho. Sin embargo, dice que deben garantizar que todas las personas lleguen con las mismas condiciones para poder estar dentro del proceso al acceso de un cupo universitario. 

Cuando habla de las mismas condiciones, afirma que la Senescyt se ha asegurado que el examen EAES evalúe aptitudes y destrezas de los postulantes. Porque están conscientes que existen brechas académicas entre algunas provincias del país y estudiantes de escuelas particulares y públicas. 

“Desde ahí comenzamos a trabajar en un proceso equitativo. En el tema de la documentación, es importante tener los documentos, un visado de cualquier tipo, la cédula para poder participar del proceso”, dice Crespo. 

Sin embargo, los niños, niñas y adolescentes migrantes, al salir de su país de manera forzada ya se encuentran en desventaja. No hay manera de pensar en una situación equitativa, cuando no se reconoce la realidad de los migrantes. 

En el Ecuador hay 349.873 venezolanos, según la Subsecretaría de Migración. Y según los datos del Banco Mundial, apenas el 15 % de la población venezolana en situación de movilidad tiene una situación migratoria regular. 

Pero la cifra podría ser mucho menor, pues más del 80 % de los venezolanos en movilidad reportan poseer un pasaporte con caducidad entre 2019 y 2020. Ante esta realidad, en julio de 2019, se expidió el Decreto 826 que reconoce la validez del pasaporte hasta cinco años después de su fecha de caducidad. 

Según estas proyecciones, gran parte de la comunidad venezolana radicada en el país tendrá un estatus migratorio irregular y será más grande, porque las condiciones que forzaron la migración siguen vigentes y agravándose.

“La mayoría de los niños y adolescentes que están saliendo hoy de la frontera y que saldrán en los próximos meses probablemente lo hagan en condiciones irregulares, y no es por irresponsabilidad o por inconsciencia, sino que no hay acceso a estos registros”, dice el psicólogo y experto en niñez y adolescencia venezolana Abel Saraiba.

De acuerdo a la información reportada por la Senescyt, al 2018 un total de 600 estudiantes venezolanos accedieron en Ecuador a cupos en Universidades y Escuelas Politécnicas, lo que apenas representa un 0,1 % del total de estudiantes matriculados a nivel nacional. El 49,7 % de los estudiantes son mujeres y el 50,3 % son hombres. 

Es muy probable que los adolescentes venezolanos, en quienes el estado ecuatoriano está invirtiendo en educación, no logren acceder a un cupo en la universidad por problemas con sus documentos. Es muy probable que sean privados de acceder a apoyos para estudiar u obtener becas por méritos académicos. Muchos de estos jóvenes venezolanos no podrán postular a la educación superior, ni podrán tener una licencia de conducir, ni un trabajo digno o seguridad social. 

Si no se emplean políticas públicas que garanticen la continuidad de sus estudios, muchos de ellos terminarán engrosando las estadísticas de subempleo y empleo informal. 

Si el estado dejara de mirar a la migración como un problema y favorece la integración, validara su situación y estudios, los migrantes venezolanos aportarían al crecimiento del dos por ciento del PIB del país, según el Resumen Ejecutivo Retos y oportunidades de la migración venezolana en Ecuador realizado por el Banco Mundial. 

Construyendo una identidad entre el duelo

Para los niños, niñas y adolescentes ser migrante es algo que se construye a través de un proceso difícil de orientación, porque muchos salen de su país sin haber tenido una idea muy formada de lo que significaba ser de Venezuela y comienzan a construir el ser venezolano descubriéndose migrantes. 

La identidad, advierte Saraiba, se construye en permanente oposición, porque los niños y niñas empiezan a relacionarse con su entorno rápidamente y se dan cuenta de que son extraños en una realidad que para ellos es nueva. 

A partir de saberse extraños o ajenos descubren que su identidad está en un lugar que probablemente no alcanzaron a conocer y acaban, en buena medida, por sentirse que no son ni de aquí ni de allá.

Construir arraigos y un entramado simbólico en su nueva ciudad es fundamental. Por ello la importancia que el estado emplee políticas públicas integrales y den un acompañamiento que les permita ejercer sus derechos. 

“Todos los niños, niñas y adolescentes tienen derechos, y por supuesto los niños migrantes también, porque pareciera que hay dos categorías: por un lado, los niños nacionales y por el otro los niños migrantes. Se debe garantizar todos sus derechos sin importar su estatus migratorio. Pero esto en la práctica es complejo, los estados no logran cumplir con estas obligaciones”, recalca Saraiba. 

El duelo migratorio

Samuel siente que perdió todo lo que construyó junto a su familia en Venezuela: los amigos, la escuela, sus cosas. “Como si lo tirara a la basura”, explica y dibuja a su núcleo familiar llorando y despidiéndose de su país.

El mensaje y el dibujo evidencian un duelo migratorio, dice la psicopedagoga Xiomara Pinto. Una manifestación muy común en los migrantes, que puede durar años y se mantiene por la esperanza de un reencuentro. 

Este proceso tiene una particularidad: los objetos de afecto -el país, la familia, amigos, los bienes- se mantienen suspendidos. El deseo permanente de tener lo de antes se mezcla con la incertidumbre de no volver al país, dice Pinto.

Este duelo no solo afecta a los menores de edad que han migrado junto a sus padres, también a los hijos que se quedan en Venezuela con la incertidumbre de un reencuentro. Según el Informe Especial de 2019 de Cecodap, uno de cada cinco migrantes deja al menos un niño. Hasta el año anterior 930.020 niñas, niños y adolescentes se quedaron en Venezuela al cuidado de otras personas, una realidad que se ha denominado La niñez dejada atrás.

Xiomara y Abel coinciden que el proceso de superación del duelo es mucho más doloroso cuando las personas son víctimas de discursos y respuestas xenofóbicas. Una realidad con la que los migrantes se enfrentan a diario. En el Ecuador, cuatro de cada 10 venezolanos sufrieron discriminación y fue primordialmente por su nacionalidad. 

De los cinco niños de la sala, cuatro han sufrido actos xenófobos. Antes de contar sus historias, se mueven de sus sillas, se incomodan, el tono de su voz cambia, es más potente. Los cuatro recibieron insultos en la escuela, tres por sus compañeros del aula y Valery por su profesora.

“Acusaciones injustas, porque saben que no somos de acá, porque hablamos diferente, a veces usamos otras palabras”, coinciden Samuel y Valery. 

Cuando cuentan sus experiencias no hay enojo, sino impotencia. Santiago, de nueve años, dice que la niña que lo agredió ya no es su amiga, que no le tiene rencor porque “ella no sabe nada de la vida”.

Después de compartir sus experiencias, escogen pequeñas hojas de colores para explicar lo que para ellos es la xenofobia: 

  • “Cuando mis amigas no quieren ir a jugar”
  • “Tratar mal a otra persona porque es de otro país, por ser diferente”
  • “Es tener rencor con una persona”
  • “Que te maltraten, que te hagan bullying”

¿Los nuevos dreamers de Latinoamérica?

“Para mí soñar es el futuro”, dice Santiago dueño de unos ojos negros y brillantes. Él mira su futuro lleno de felicidad y ganando mucho dinero. No sabe muy bien si su futuro está en Cuenca, o en una ciudad de otro país. Pero si pudiera elegir, escogería seguir sus sueños en la Isla Margarita, lugar en donde nació.

En la idea del dreamer -las personas migrantes que entraron a Estados Unidos siendo menores de edad y de manera irregular- hay algo aspiracional, explica Abel Saraiba, y claro que los venezolanos aspiran a mejores condiciones de vida, pero a diferencia de los dreamers que desean querer vivir “el sueño americano”; los venezolanos quieren volver a su país, anhelan que las condiciones de Venezuela mejoren para retornar.

“La situación de los venezolanos hoy se parece más al hecho del antiguo testamento, del éxodo bíblico, que a la dinámica de los dreamers. En el fondo es salir de la patria, con la promesa de volver a la tierra prometida, pero que pareciera a todas luces no será aquella que conocimos, habrá que construirla”, dice Abel.

Lo que sí se vincula entre los dreamers y la migración venezolana es la posibilidad de que los Estados receptores implementen políticas migratorias iguales de agresivas que las de los EE.UU., y que existan escenarios de deportación masiva. Actos que ya se han comenzado ha realizar en la región, como el ocurrido el pasado 22 de noviembre cuando el gobierno de Trinidad y Tobago deportó en botes a 16 menores de edad y 13 adultos venezolanos.

Esta posible realidad tendría un efecto doblemente perjudicial y una revictimización: por una parte, los migrantes sufren al ver comprometido su proyecto de vida, cuando se han identificado con un país, sus valores, comida, su cultura. Por otro lado, está el retorno y la repatriación como un acto contrario al derecho, sin contar lo que puede llegar a significar el riesgo de ser excluidos y rechazados de sus propias comunidades. 

Valery, Sarah, Samuel, Santiago y Samán comparten un mismo deseo: ser felices. La felicidad es una de las palabras que más repiten en las cartulinas de colores que han escogido para compartir parte de su vida. Para ellos la felicidad es sonreírle a la vida, estar con su familia, ir a la escuela, jugar con sus amigos. 

Si todos los escucháramos, ser felices no sería tan difícil. 

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Esta guía para padres y madres migrantes recopila algunos consejos profesionales para apoyar a los niños, niñas y adolescentes en su proceso migratorio. La guía fue construida en conjunto con la psicopedagoga Xiomara Pinto y Rosely Sigüenza, psicóloga clínica con especialización en educación temprana. 

Para descargar esta Guía de apoyo para padres y madres migrantes, da clic aquí.

Libres y en movimiento es un diario migrante y colectivo elaborado por Sarah, Samán, Santiago, Valery y Samuel. Todos son migrantes venezolanos que decidieron contar sus historias a través de dibujos, recortes y pinturas.

Para descargar este diario, da clic aquí.

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Esta publicación se ha realizado en el marco del proyecto Puentes de Comunicación, impulsado por Efecto Cocuyo y DW Akademie, y cuenta con el apoyo financiero del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania.